Paella y pa él

-Niña, lo más importante de la paella es el caldo- no para de repetirme mi padre mientras cocinamos juntos. Cabezas de gamba, moralla, colita de rape. El caldo tiene que tener de todo,  es lo que le va a dar el sabor para rechupetearse lo dedos después y no querer dejar ni un grano de arroz en el plato. La abuela Mamen fue la que nos enseñó. Hay que ponerla en vertical después de reposar y si no se cae es que aprueba el examen. Tiene quemaillo abajo mae? como decía ella, entonces ha salido buena. Hoy, somos mi padre y yo, los que tenemos que defendernos frente a uno de los platos más representativos de la cocina española al tiempo que los debates sobre Cataluña independiente o no suenan en la televisión. Sofritito marchando, mientras tanto yo sigo con el majado suculento. Mi padre que me dice con la cuchara de palo en la mano -Esto de tener más fronteras no lo entiendo hija, si  a estas alturas del siglo XXI lo que tendríamos que hacer es globalizarnos todos, pero como humanidad, no esas cosas modernas de globalizaciones mientras tenemos cada vez más fronteras políticas-. Vamos con el arroz, en una cruz eso sí, y el caldo que llegue hasta las marcas de las asas. Mi padre está nervioso, le impone cocinar una paella con su niña, tiene miedo a fallarme, yo le hago de pinche y apoyo moral en la cocina al tiempo que no paro de relamerme pensando en nuestro manjar. Echamos la chicha, cómo si lo anterior fuera eter en la paella, el rape, los mejillones, que no queríamos pero la del mercado nos encasquetó y las gambas. Salgo corriendo al jardín a por unas ramitas de romero fresco, tapamos y a reposar.

Tras la tensión del cómo saldrá, podemos sentarnos un momento. Él está agotado pero no se rinde, nunca lo hace, lleva años sin rendirse. Igual que la paella de mi abuela, ese es su gran legado. Lucha. Es navidad y hemos invitado a un vecino del barrio que está solito, cuantos más mejor…o no! porque la paella ha quedado im-pre-sionante!.