Comienza el pedaleo

¿Cómo se vive ese primer empujón sobre los pedales?

Durante meses me pregunté cómo me sentiría cuando por fin arrancase mi viaje sobre la bicicleta. Fueron tantas las horas dedicadas a la logística, a los mapas, a la mecánica, a las complicaciones mentales…que son sin duda lo menos importante, que cuando por fin estuve sentada encima de mi caballo de dos ruedas aquel 24 de febrero no podía hacer otra cosa que sonreír y sentirme pletórica.

Estaba aterrada, hacía mucho calor, era muy tarde para salir de La Habana, el sol sobre mi cabeza recordando que en el Trópico las cosas importantes se hacen o muy temprano o muy tarde, pero nunca a las 11 am con 35 grados a la sombra. Aun así, con una mezcla de empeño y tozudez salí al terreno de juego. Allí estaba yo con mis alforjas mal atadas, el gorro que se me voló a los 100 metros recorridos, totalmente desorientada por unas avenidas grandes que nunca me habían parecido tan aglomeradas ni extasiantes. Recorrí  los primeros 10, los segundos 20, los siguientes 30 kilómetros dirección oeste. El sol que iba bajando y cada vez más horizontal entrando por mis pupilas. No importaba, seguía con ese gesto impregnado en mí, la sonrisa. Incluso hubo alguna que otra lágrima salada acompañando algún kilómetro emotivo por ese finalmente comienzo tan esperado.

Transcurrieron los 70 kilómetros que había planeado, llegaba a Cabañas con su Bahía al atardecer. Uno de los más dulces del viaje. Allí me esperaban Magdalena y familia con una copiosa cena. Por la noche, al meterme en la cama, que no era más que colchoncito de espuma viejo rescatado de una vecina, no pude más que agradecer, agradecer y agradecer. Sabía que era el principio de algo grande. Aquella familia siempre va a estar en mi memoria. Todo el cuerpo tenía calambres, mis muñecas gritaban doloridas pidiendo respuestas de por qué esta experiencia, pero yo no podía dejar de sonreír.

Con una estampita de la Virgen de la Caridad para que no viajara tan sola me despedía aquella mañana de domingo soleada dirección oeste siguiendo la línea de costa. A pesar de que no fue ni la más calurosa, ni la más abrupta, ni la más larga, al finalizar mi viaje pude concluir que aquella sí que fue la etapa más difícil del viaje. La explicación tiene cabida dentro de nuestra cabecita. Y es que estaba tan pre-ocupada en que todo saliera bien, que yo fuera capaz de superar a ese sol abrasador, que mi cuerpo no me fallara a mí, que yo no le fallara a las expectativas (que yo misma había creado) que finalmente, incluso sonriendo los 70 kilómetros de etapa, pedaleé aterrada de los posibles obstáculos que podía encontrar. Reafirmé que no hay nada más poderoso que lo que cabe entre oreja y oreja dentro de nuestra cabecita, los pensamientos.