Acubarelando

Conversando conmigo misma llego a la conclusión de que no tiene explicación. Bueno, la tiene en parte. Yo la busco y la encuentro. Es una suma de eventos sucedidos en el tiempo y que irremediablemente tenían que ocurrir tarde o temprano.

Resulta que toda mi vida quise pintar, dibujar, esbozar…y aunque lo hice muchas veces nunca sentí que había explayado esa parte de mí. Cuando decidí regalarme al cuerpo el viaje a Cuba en bicicleta durante un mes largo me dije –ha llegado tu hora pequeña-. Aunque pese en las alforjas, aunque no estés segura si tendrás tiempo durante el viaje, o más bien si hallarás el lugar donde sentarte a plasmar sobre el papel…llévatelo. Carga las herramientas y sobre todo haz un espacio mental para hacer que ocurra.

Entonces ocurrió algo mágico, algo inesperado. Cuando me di el tiempo para fluir y conectar con el aire del Caribe empecé a ver las tres dimensiones del espacio en tan sólo dos. Pasé de sentir una impotencia por no dibujar a observar todo el paisaje como acuarelable. Las casas con sus jardines floridos ya no eran sólo eso, sino mezclas en mi pequeña paleta de colores. Las palmeras, era juegos de distancias y dimensiones que iba midiendo y calculando mientras pedaleaba, los gestos de los guajiros y guajiras del campo pasaron a cuestionarme cómo haría para plasmarlo sobre el papel. Los atardeceres son azul lavanda y algo de carmín al fondo. Todo se tornó una gran acuarela que envuelve el paisaje que me acompaña mientras viajo.

Lo que no me imaginaba es que expandirme con los dibujos fuera a darme otro regalo añadido. Cuando viajas en bicicleta, como es mi caso, se te abren las puertas del mundo. Las familias te incluyen en sus vidas, te hacen una más del clan. Puedes sentir como aun teniendo prácticamente nada te lo dan todo. Cuál es el problema entonces, qué no tienes palabras o gestos para poder expresar todo el agradecimiento vital que corre por tus venas. Para colmo en las alforjas llevas básicamente lo justo y viajar con un cargamento de chucherías variadas no tiene sentido alguno. Ahí es donde las acuarelas cumplen un papel mágico. Toda la familia está reunida, casi siempre corretea alguna niña o niño cerca, tu sacas de tu mochila un papelito, un pincel, unos lápices de colores, la expectación aumenta, los ojos se van sumando, abres la cajita metálica de acuarelas con todos esos colores que parecen miles para ellos, exclaman de asombro, se aglomeran. Mojas tu pincel y trazas unas líneas, las sonrisas se agrandan. Le das vida al blanco y todo se transforma. Así, cuando partes de ese hogar que siempre te roba un poquito de tu corazón, sabes que allí queda una postal en el centro del salón, enmarcada con nada, abrazada con mucho. Cuánto durará allí, llegará un huracán y sobrevivirá, la humedad con los años la dejará maltrecha te preguntas…no importa. Sabes que cumplió su rol tan solo siendo un pedazo de papel coloreado al ritmo de tus latidos.

Aún recuerdo cómo hice la primera acuarela desde un cuarto piso en La Habana. Todo lo que veía desde allí era algún monumento, calles cruzadas y un gran bosque verde que cubría el barrio de Vedado. Era una postal pequeña, 10×15 cm, algo chiquitito y lleno de verde. Para mí era mucho más, era el comienzo de un largo camino que sin darme cuenta duraría toda la vida.